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miércoles, 25 de abril de 2018

Conversaciones de la maestra con la joven Mara IV




Los tiempos corrían dispares. Las gentes se preguntaban, entre el asombro y el pánico, cuál sería la siguiente noticia. En las calles de las ciudades el aire era cada vez más enrarecido. Sin embargo, hasta el lago, al atardecer, solo llegaba el rumor de los peregrinos que alcanzaban las montañas y los mensajes de los sueños que gobernaban las noches.

- Lo he visto, maestra. La contaminación está por todas partes. Pero la gente contaminada no lo sabe, así prosigue el contagio -dice Mara con la frente sudorosa.

- Descansa, Mara, o la fiebre no bajará.

- ¡Lo he visto, lo he visto!

- Es cierto, pero ahora no es momento. Ahora lo más importante es la fiebre -señala la maestra.

- Quizás la gente del noroeste, los lejanos, los del viejo mundo, no están contaminados. Llegan algunos mercaderes y no lo parecen, maestra. Vayámonos de aquí, por favor, vendrán a por nosotras. Lo he visto, he visto cómo se acercan.

- Eso es porque de lejos todo parece distinto. En realidad, eso que llamas contaminación convive en nuestro interior desde tiempos inmemoriales. Es una alerta necesaria. Su aullido nos salva de caer en el abismo, aunque cuando dejamos que el lobo nos devore, entonces caemos igualmente en el abismo.

- ¿Y a qué se debe, maestra?

- Sería muy atrevido por mi parte argumentar un origen pero quizás, ya que veo tu necesidad de respuesta, no es momento de buscar el origen sino de abrazar la realidad. El presente. Tu fiebre.

- Pero es que hasta aquí llega el rugir de la rabia, ¿no lo oyes tú también, maestra? Como si en el mundo el odio, el desprecio y la ira hubieran tomado la posesión de las almas... -Mara, mareada, intenta continuar la frase- ¡Me enfurece, maestra!

- Mara querida, me alegra distinguir en ti una rabia inocente y no enquistada en tu alma, para la rabia enquistada se necesita un especialista, un verdadero planchador de almas, y de eso anda la humanidad escasa. Hay que dejar que todo suceda. Solo cuando los hechos se manifiestan, se puede atisbar la raíz. Mientras solo están gestándose, la raíz permanece a una profundidad imposible de calibrar como para hacer un diagnóstico fiable. El ser humano solo se rinde ante el cansancio, la tristeza profunda y la sangre. Ahora con la contaminación, está en otro estadio. Así debe ser pues es lo que está siendo.

- ¿Quieres decir que debo resignarme?

- ¿Crees que hay algo que puedas hacer para evitar lo inevitable? 

Mara mira a la maestra y le parece ver un brillo de amor en su iris. La maestra le sonríe mientras la tapa con el cobertor y la manta.

- Y ahora a sudar toda la noche. Iré viniendo. Si la fiebre sube, te meteré en la bañera con nieve. Pero no creo que sea necesario. Hay veces que es el calor el que cura, otras el frío. Esta noche creo que lo necesitas es calor.

A la mañana siguiente, la fiebre ha desaparecido. Mara va hasta la cocina descalza y desde el umbral de la puerta le dice a su maestra:

- Tengo hambre, ¿qué hay para desayunar?

Las primeras escribas de la Historia de Mara cuentan que esa noche, embargada por el sudor, tuvo su primera visión completa con mensaje. A partir de ahí, todos sabemos cómo fue desarrollando su don y cómo lo regaló generosamente a todo aquel o aquella que lo demandó con el corazón.



(*) Acuarela de Gertrudis Losada Alva.

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