lunes, 1 de junio de 2015

Al pie de la cama, al pie de la vida



La maestra entendió que Mara debía, de nuevo, volver a vivir su vida humana.
A pesar de su profundo agotamiento, la siguió de lejos, pues los maestros saben que a los alumnos no se les abandona, sino que se les licencia.

Al pie de la cama de la maestra moribunda, muchos años después, tras una, otra vida de aprendizaje, Mara le preguntó a la maestra:

- Maestra, ¿por qué me dejaste ir?

La maestra cuya voz hacía días que se había ido, cerró los ojos y susurró:

- No tengas prisa, ya lo entenderás.

Pasados los lustros, Mara fue maestra de un sinfín de nuevos y nuevas niñas para el nuevo mundo. Una de ellas, la más inconformista y a la vez la más leal, le preguntó a la maestra en su lecho de muerte:

- Maestra, ¿volveré a encontrarte? Sin ti no sabré qué hacer.

Mara, con una sonrisa de ojos, miró a la joven y le dijo:

- Maestra, gracias por acompañarme siempre.



miércoles, 20 de mayo de 2015

Pedazos de un testamento tardío del padre de Mara



A según qué profundidades
las alarmas humanas
del vértigo del horror
de la transmutación
de la despersonalización
del despojarse del nombre
o el simple intercambio
de seres
no funcionan se apagan
como los luceros tristes
sin amanecer ni alba.

En esos territorios inhóspitos
plagados de fosas y huesos
del polvo pasado
despiertan los males y demonios
propios y ajenos
y es mejor vendarse los ojos
taponarse los oídos
y seguir adondesea
sin porvenir
como mula venciendo
el sentido del viento.
Solo ahí las nubes
regresan agrietadas
y nos vuelve a llover.
Agua de bautismo
nuevo renacer en la memoria
de nuestro antiguo
                                   nombre
con canciones de nueva
                                   esperanza
la que sacrificada
resurge y medra
en el óvulo todavía amargo
por haber apostado
hacia arriba en lugar
del fondo de un abrazo.

Salir aleatoriamente
de esos abismos
es lo único que se me viene
en estos consejos a deshoras
pues suerte azar y trabajo
deben unirse con voluntad
obcecación y fuerza.
Coraje del alma
para transitar traspasar
y erigirse como sí misma
antes después durante.

Lo demás solo la sombra
renovada en los alrededores
de próximos oasis
os revelará como fuimos
como pudimos ser
y como no nos queda más remedio
que ser siendo.



Paula Mocinho Novoa
Santa Coloma de Gnet, sábado 20.04.2013


martes, 24 de marzo de 2015

NUEVAS PALABRAS DE MARA TRUTH



He caminado con pies descalzos sobre la nieve
He vertido sangre entre parto y parto
He sido niño soldado y he matado y torturado y violado
He nacido niña prostituta niña esclava niña de porcelana niña amnésica niña niña niña
He advenido princesa anoréxica y reina sin escrúpulos
He caído rendida en las duchas nazis en los campos de algodón en las minas incas 
en los edificios bombardeados de Srebrenika en los gulags de Siberia
He guillotinado ideas ajenas he manipulado discursos he inventado coartadas
he reventado leyes he rehuido responsabilidades 
He robado sin remordimientos a pobres y a ricos a sabios y a ermitaños 
a maleantes y a ladrones
He dinamitado las buenas maneras
y he acarreado con los oscuros designios de las masas alteradas por la euforia
He pintado bodegones de tristeza
y he posado desnuda para las grandes miradas de todos los tiempos
He puesto veneno en tu boca y en tus venas y en tu lengua y en tu conciencia
y he escrito versos sagrados y profanos
He inmolado a mis hijos en atentados
y he llorado contra mis dolores y tus alegrías
He bailado danzas para el diablo
y he besado las costras de Jesús y he alabado la herencia de Cleopatra 
y los designios de Buda y el Tao del no hacer ha sido muchas cientos de veces mi destino
He resucitado de mis cenizas y he renacido de las tuyas
y he recordado cada una de mis heridas en el rincón donde nacen tus pesadillas
He visto caer héroes 
y enterrar las águilas de nuestras grandezas
He descrito venganzas futuras
y profetizado corazones agrietados
He amasado amor y odio y más amor
a partes desiguales
y he amamantado lobos hienas todo tipo de fieras
He despertado a la aurora de la venganza
con serpientes y dragones de bilis
He visto mi nariz recortada en el espejo
donde se idolatra lo desconocido
He convocado a los dioses y a las miserias
y reído hasta altas horas de la madrugada
todas tus debilidades
He profundizado en la compasión y en la indiferencia
y he sido actriz de inmejorables réplicas para el olvido

Campos fértiles ardieron
a mi paso
y civilizaciones imperecederas
me adoraron
rindiéndose a mi palabra
a mi luz a mi sombra a mi tiniebla
al perfil que me hace como tú
y me aleja del resto de la humanidad

La sed de mi música enarboló
estandartes de ejércitos invencibles
y maldijo generaciones
enteras de esperanza

He soñado un mundo nuevo
cuando extermines
la claridad de tu espíritu
y recojas la siembra de lo anunciado
en un amanecer distinto
He rezado también por el ser humano
cada vez que vendía su alma.

Me he bañado y ordeñado
en mis propios ríos de fe.

Hombres y mujeres
me vieron descender
sobre montañas cordilleras valles
penínsulas y océanos
sobre vientres de hambre
y semen estéril
sobre cerebros calcinados
y credos podridos
sobre lujurias desatadas
y calambres de renuncia.

Quise amaros y os amé.

Todavía os amo.

Pero lo habéis olvidado.

Por eso he vuelto.
Para el cambio.
Para el traspaso definitivo.
Para el nuevo mañana.

Ahora soy tú y tú eres yo.
Lleva mi vida a la vida.
En ella soy.
En ella estoy.
Nosotras.

Mara tú.
Mara yo.

Aquí y ahora.


Santa Coloma de Gnet, 11 enero de 2015. Barcelona, 24 de marzo de 2015.

(*) Fotografía de Mireia Plans
Viernes, 9 de noviembre de 2012
Teatre LA SALA . Mostra Novembre VACA


martes, 31 de diciembre de 2013

El templo


El maestro y el alumno caminaban por un bosque tupido de fauna y flora. Cuando estaba a punto de amanecer el octavo día de ayuno, díjole el alumno al maestro:

- Maestro, no creo que pueda llegar al templo. Apenas ha transcurrido una semana de viaje y mis pies chillan de dolor mientras las grietas resquebrajan la fe en mi alma. No soy digno de la divinidad. Me regreso.

El maestro miró al alumno, asintió y prosiguió hacia adelante.

Años después, el alumno se había convertido en un rico comerciante al que los negocios le sonreían y las mujeres aplaudían sus éxitos. El maestro, con su túnica simple y los pies descalzos, se cruzó en la plaza con el antiguo alumno. Loco de alegría al reconocer a su viejo maestro en aquel humilde vagabundo, el comerciante saltó de su carroza e hizo que lo acompañara a su lujosa casa.

- Veo que has prosperado económicamente – dijo el maestro.

- Y todo gracias a mi rendición, maestro. En la tercera jornada de regreso por el bosque, encontré un cofre con monedas de oro. Invertí las monedas de oro en mercancias y seda y aquí me tienes, rico y feliz.

El maestro miró alrededor y contempló la ostentación de lámparas, muebles, alfombras y estatuas. El brillo del lujo casi lo ciega.

- Tengo que irme, debo proseguir camino – advirtió el viejo maestro

- ¿Adónde vas?

- Al templo.

- Pero si el templo está en dirección contraria, maestro.

El viejo maestro sonrió al antiguo alumno y lo dejó cavilante al lado de la fuente de colores que hacía dos meses había mandado traer del Bajo Nilo, expresamente para conquistar los favores de una mujer.

Pasaron los años y el comerciante tuvo que hacer frente a épocas de crisis nefastas en las que se vio obligado a pedir dinero prestado que nunca pudo devolver. Arruinado y triste, vagaba por los caminos con una sucia bacinilla en la que tan pronto comía restos del suelo como hacía sus necesidades.

Un día de lluvia intensa, calado hasta los huesos, le atacaron unas fiebres altísimas. Durante siete días y siete noches, el antiguo alumno luchó contra la muerte. Al octavo día despertó con hambre y al abrir los ojos se encontró con la mirada de su viejo maestro que lo acogía.

- ¡Maestro! - exclamó agradecido. ¡Me has salvado!

El maestro le acercó un cuenco de agua fresca y el alumno bebió.

- Levántate, que nos espera una dura jornada. Hoy llegamos al templo.

Paula Mocinho Novoa
Barcelona, 31 de diciembre de 2013
Feliz 2014 - Happy New Year

sábado, 12 de octubre de 2013

Slabetzat, la princesa maya



Mi madre me peinaba cada mañana, nunca dejaba que lo hiciera Tzetsdotal.  Decía que la cabeza de una niña no puede dejarse en manos de una criada. Primero me metía los dedos en el pelo enmarañado y luego con un peine de dientes de coral estiraba mi cabello rubio. Antes de dejarme en manos del sacerdote Pretabordet, me susurraba al oído que siempre sería su hija estuviera donde estuviera. Que jamás podría romperse nuestra unión, como ella seguía unida a su madre.

Pretabordet por aquel entonces no tenía el poder que con los años llegaría a albergar, tras la muerte de mi padre. En aquella época de oscuridad y cielos turbios en los que la sequía abandonó la gracia de nuestros campos y las mujeres empezaron a parir niños muertos. Pero eso fue mucho tiempo después de que yo me fuera, mucho tiempo después de que el joven Pretabordet, iniciado a su vez por su abuelo en el arte de la interpretación divina, me preparara para el gran día. Y ya que tengo esta oportunidad, me gustaría recordarlo con cariño aunque ya no quede nadie que lo haga pues con el paso de los años se volvió intransigente, inflexible y tan férreamente dogmático que ni la pureza de toda la sangre que vertió en semanas y semanas de sacrificios a los dioses pudo calmar su alma torturada. Conmigo fue delicado, cuidadoso y me enseñó lo poco que sé de aquel mundo en el que viví y morí hasta mis trece años. Y me regaló también simples consignas para sobrevivir a los primeros impases de soledad en este mundo de luz y soledad en el que ahora me hallo.

En aquellos días, después de mis encuentros con Pretabordet y sus cánticos y rezos a la madre Luna, regresaba a la plaza pública bajo la atenta mirada de mi madre y todo el séquito de nodrizas, criadas y la guardia que nos protegían para jugar con las hijas de los lugartenientes de mi padre. A media mañana, cuando el sol brillaba con más fuerza, llegaba Tardovite y su hermano con la bandeja de frutas y se arrodillaban ante mí. Tardovite tenía una mirada negra y transparente que todavía ahora me acompaña en mis ratos de tristeza y añoranza. Conocí la historia de los dos hermanos a través de mi nodriza Tzetsdotal.

- Son los hijos del primer hombre que Pretabordet sacrificó a los dioses. Antes de segarle el cuello y dedicarle su sangre a los campos, le concedió un deseo. El hombre pidió vida para sus hijos. Pretabordet es un hombre de palabra.

- ¿Cómo se llamaba ese hombre, Tzetsdotal?

- Querida Slabetzat, los hombres que se sacrifican a los dioses no solo entregan su cuerpo, también entregan su nombre.

- Pero yo voy a ir al encuentro de los dioses pronto, ¿también tengo yo que entregar mi nombre?

Dos días antes de mi ofrenda, me despertó el llanto desconsolado de mi madre. Se parecía mucho a los llantos de las nodrizas cuando tenían hijos. Como si algo se rompiera por dentro. Me deslicé por el pasillo mientras Tzetsdotal dormía y me asomé al umbral para ver a mi madre. Arrodillada a los pies de mi padre, le arañaba las piernas con terror mientras no hacía más que repetir 'tu puedes ofrecer a otra, tú puedes ofrecer a otra'. Mi padre parecía una estatua. No se movía. Ni siquiera cuando de sus piernas empezó a brotar sangre.

Pretabordet vino a mi cámara, retiró las ropas y me tocó la mejilla. Abrí los ojos y me encontré con su sonrisa. 

- Ha llegado el día, querida Slabetzat.

Tzetsdotal y las otras mujeres me vistieron con las túnicas sagradas, me coronaron con las hojas de papaya y esparcieron unos granos de tierra entre mis cabellos, tal y como manda la tradición. Luego Pretabordet me dio la mano y salimos a la calle. Me impresionó ver a mi pueblo en completo silencio cediéndonos el paso hasta la pirámide central. Ascendimos las escaleras como había estado ensayando en los últimos meses, de espaldas a la cúpula. La ceremonia fue preciosa. Los cánticos que Pretabordet y el resto de sacerdotes dedicaron a los dioses el día de mi entrega despertaron los suspiros de toda la corte. De reojo pude ver cómo mi padre rozó el brazo de mi madre. Creo que se sentía orgulloso de la madurez que estaba demostrando frente a todo su pueblo. Cuando el sol estuvo allá en lo alto, mi padre y mi madre, como ordena la tradición, se levantaron y uno a cada lado me cogieron de la mano para seguir el paso de Pretabordet, que encabezaba la comitiva.

Del camino hacia el cenote solo recuerdo los pájaros trinando y los ojos de las iguanas inmóviles en el vacío. Siempre me han gustado mucho las iguanas. Mi madre me explicaba que de bien pequeña me escapaba de la vigilancia de Tzetsdotal y cuando me encontraban, acostumbraba a estar hablando con alguna de ellas. Al llegar al cenote, Pretabordet tomó la hoja sagrada, la partió en cuatro mitades y la repartió entre mis padres, él y por último, me introdujo el cuarto cachito debajo de la lengua. Antes de sentir el agua fría, recuerdo que aparecieron Tardovite y su hermano con todos mis juguetes y mi dote como consorte de los dioses. Pretabordet ordenó que lo introdujeran todo con cuidado en las aguas verde oscuro del cenote. Tardovite aprovechó el giro de la despedida para mirarme por última vez y vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla. Sé que antes de bajar a las profundidades del cenote y entrar en el túnel sagrado, les sonreí a mis padres, y no cerré los ojos, tal y como me había dicho Pretabordet que hiciera.

- Los dioses deben saber que lo haces con amor y porque quieres hacerlo, tu pueblo lo necesita y una princesa se debe a su pueblo.

La muerte de Pretabordet estuvo rodeada de misterio. Muchos lo odiaban. Con los años, la avaricia y el poder habían corroído todo lo bueno que una vez tuvo. Se acusó al sacerdote Hertzadotz de su asesinato, pero no fue él. Tardovite nunca le perdonó que me enviara a la muerte. Jamás entendió que Pretabordet no solo me ofrecía a los dioses en clara ofrenda por nuestro pueblo, sino que se aseguraba mi regreso a este mundo con un alma purificada. Ojalá algún día volvamos a encontrarnos, así tendremos la oportunidad que nunca tuvimos entonces.

domingo, 25 de agosto de 2013

Mariposa blanca sobre piedra Mara




A Mara siempre le gustaron los juegos. La acción con alguna finalidad. Y solo pasados los años y alcanzada la edad adulta, comprendió el poder del camino hecho con los pies sobre la tierra. Si bien le fascinaba el poder infinito de las aguas del mar, su ovillo interior siempre permaneció fiel a las montañas más abruptas y pedregosas de los territorios pobres de sus orígenes familiares.
Una mañana de diciembre, abrió las ventanas de su habitación y cuando se disponía a escribir el sueño de la noche en sus páginas personales, un rayo de sol iluminó un rincón de su estancia proyectando sobre una piedra que le regalara su padre antes de morir un efecto curioso, pues sobre su relieve le pareció ver el dibujo de una mariposa blanca. Inmediatamente discurrieron sobre su memoria todas las secuencias entrecortadas de los restos del sueño.

-No, nuestra herencia de adn no sobrepasa el 2%, el resto es herencia de otro tipo -se vio rectificando a una prima suya que le hablaba de una enfermedad contraída por otro familiar próximo.

Por aquel entonces, Mara no tenía demasiado claro su destino, por todos bien conocido hoy en día. Y a pesar de que se cuenta que siempre lo supo, lo cierto es que nunca dejó de ser una mujer hija de la incertidumbre, el cansancio y la fe, tal como muestran sus diarios personales constantemente. Sin embargo, y así lo leí escrito de su puño y letra, una caligrafía laboriosa con una leve inclinación hacia la derecha, aquella mañana de diciembre Mara Truth supo que tenía que visitar la tumba de su bisabuelo para decirle algo que todavía ignoraba. Y supo también que debía ir caminando pues así se lo pedía su alma.
Uno de los sueños recurrentes de Mara Truth en aquellos días donde la experiencia empieza a hacer poso y sin embargo todavía se cuenta con la fuerza de la juventud, era la despedida de un hombre con el pelo largo enmarañado de una mujer extremadamente delgada y con profundas ojeras a la puerta de una casa de piedra. El hombre debía ir a la guerra y prometía volver antes de que naciera el hijo que esperaban. Sin embargo, al regresar el hombre, manchado de barro, cenizas y sangre, encontraba la puerta de su casa abierta, el niño llorando y la mujer tendida en el suelo muerta y con los ojos abiertos. El hombre enloquecía de dolor y abandonaba el hogar para vagar por el territorio en busca del culpable de su desdicha.
Cuando Mara Truth alcanzó el castillo que dominaba las tierras de sus antepasados, contempló extasiada el enorme océano de montañas que a ambos lados de la carretera se extendían. Entró en una cafetería, pidió un agua y se cambió las deportivas por unas chanclas abiertas. Las ampollas y las rozaduras eran los testigos de su aventura. Aprovechó para pedir referencias de alguna pensión y el camarero joven que no sabía de transportes públicos, le recomendó una posada reformada de módico precio. Allí haría una alto antes de encarar el tramo final hacia el cementerio.
Cerca de la mañana, regresó el sueño del hombre de pelo largo enmarañado. Su risa estruendosa mostraba los huecos de varias piezas dentales y una mano intentaba contener una herida enorme que le dejaba al descubierto las tripas.

- ¡Lo he matado! ¡Lo he matado! - gritaba.
- ¿A quién? - le preguntó Mara
- A él, a su asesino, el Conde. La abandoné, por eso murió.

Entonces Mara se despertó sobresaltada por el rumor del llanto de un niño. Al bajar al pequeño comedor de la pensión, saludó a una joven pareja con un niño de unos meses que desayunaban mientras miraban en un mapa el recorrido que les esperaba ese día. Mara tomó un café con leche y comió un pequeño bocadillo de jamón serrano y salió de nuevo al camino.
Alcanzó el cementerio de su bisabuelo cuando el sol estaba en lo alto de los montes del Noroeste. No pudo encontrar la lápida con su nombre ni con sus fechas de nacimiento y muerte, pero como impelida por una voz interior no manifiesta, caminó y caminó durante mucho rato por entre todas las cruces y nombres del cementerio con una única letanía fija en su pecho:

- Descansa en paz, ya, padre, descansa en paz ya, padre, descansa en paz ya, padre...

Mara sabía que aquel responso no lo estaba diciendo ella pero también sabía que solo ella podía realizarlo hasta el final, pues para eso había sido llamada y para eso había acudido a la llamada. Nunca supo cuánto tiempo transcurrió hasta que su cuerpo y su corazón dejaron de latir con ese deseo ajeno, solo recordaría años más tarde un golpe de viento caliente que la despertó de su estado letárgico y le anunció el final de un penar.
Al regresar a la pensión, cogió la carta de amor que siempre llevaba consigo, subió a lo alto del castillo, la rompió en pedacitos y la lanzó a las montañas. Aligerada de peso, contempló complacida cómo el viento alejaba los pedacitos de papel.




sábado, 20 de julio de 2013

Las Maras vengadoras



Los días que siguieron a la muerte de Mara se abrieron los cielos en preñados rayos y las puertas comunicantes ofrecieron incesantes imágenes del horror vertido por el ser humano en todos los tiempos, el Tiempo. Quiso la Tierra despertar la ira y la justicia de Mara en la tristeza de su ausencia y fue así como se levantaron desde todos los rincones del mundo miles y miles de Maras con sed de venganza. En sus sienes latían los casos de maldad, crueldad y sadismo humanos y en su corazón hervía la semilla de la limpieza del mal. Su sed era la sed de siglos amamantados por la sequedad de la ignominia del hombre.
Como los ríos en las montañas, como las venas en la piel, como las raíces hacia el núcleo de la tierra, como las gotas de agua en los pétalos de las flores, así todas las Maras se fueron reuniendo en su caminar. Primero de a pocas, luego en manadas y al final como ejércitos de luz estridente y mortal. Aún hoy, la historia después de Mara las recuerda como el ejército más temido de todos los contemplados por el hombre. Aún hoy ese capítulo oscuro del mundo recién renacido huele al rastro de sangre culpable que dejaron. Algunos aún pueden verlas aparecer en el horizonte con sus dagas afiladas, sus machetes brillantes, sus pistolas recargadas de furia y balas de plata. La mirada perdida en el vidrio de la noche, manos con nervadura de hierro, piernas elásticas preparadas para la contracción, la carrera y la confrontación directa, dientes apretados a las mandíbulas y garras de animal herido invitando al silencio eterno. En su pecho la inocencia del espíritu clamando por las víctimas de todas las guerras, de todas las violaciones, de todas las torturas, de todas las agresiones, de todas las innombrables humillaciones que el hombre ha infligido en nombre de las ideas más lícitas y de las más injustificables.
Las Maras asesinas decapitaron, trocearon, desmembraron, tirotearon, descuartizaron y esparcieron todos los cuerpos culpables por las calles, las avenidas, los pueblos y las ciudades donde se escondían los verdugos. Regaron de sangre, bilis, meados y mierda cobardes las puertas de sus casas, sus lujosas mansiones, sus oscuras grutas, sus refugios subterráneos. Los sacaron como comadrejas de sus escondites y los expusieron al sol para el escarnio público. Se abstuvieron, no obstante, de condenar a aquellas mujeres u hombres que ignoraban la labor criminal de sus cónyuges. Tampoco ejecutaron a su prole. Sin embargo, todas las ejecuciones fueron realizadas ante la mirada y la presencia de sus seres queridos. Todas las familias de los verdugos vieron cómo morían sus progenitores, sus mujeres, sus maridos a manos de las Maras vengadoras: era imprescindible un castigo ejemplar. Aun a riesgo de provocar una guerra sin fin entre mundos y tiempos, todas las Maras persiguieron hasta el final de su cometido a todo aquel o aquella responsable de crímenes contra la humanidad y jamás traslució en ninguno de sus gestos cualquier atisbo de piedad, arrepentimiento o compasión.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos años duró la justicia de las Maras en las tierras del Norte. Tampoco cuántos años fueron necesarios para las tierras del Sur, el Este y el Oeste. Muchos soles secaron la sangre de la Tierra. Muchas lluvias limpiaron la Tierra de la sangre vertida. Una vez acabada la misión, las Maras se retiraron a orar durante un largo período que solo la Tierra recuerda en sus adentros. Se cuenta que algunas no pudieron sostener las lágrimas negras de sus almas y se suicidaron durante las primeras lunas. El resto, renovadas por la letanía del perdón, regresaron a sus hogares donde algunos de sus hijos y algunas de sus parejas ya las habían sustituido. Otros, otras no las reconocieron y algunos, algunas las rechazaban por asesinas. Pero nunca nunca ninguna Mara se volvió para mirar atrás. Todas, vivas y muertas, sabían que un amanecer de esperanza vendría a volcar su luz y su sombra en cualquier hora rara de un día cuyo despertar está próximo y una nueva Mara nacerá.
Según la profecía, Mara volverá el día en que las Maras asesinas hayan desaparecido del mundo, cuando ya no sean necesarias para velar por la llama de la inocencia en el ser humano.