domingo, 27 de septiembre de 2015

Breve parábola sobre la verdad





- Maestra, ¿hasta qué punto soy responsable de mi palabra y obra si quizás en muchos momentos vivo sin pensar, inconsciente?

- Querida Mara, qué bien que hayas alcanzado la libertad máxima que es el vivir libre en la vibración espontánea, el único modo en el que el SER es sin juicio.

- Pero, ¿no estaré siendo irresponsable en mi proceder? ¿O egoista?

- Querida niña, la verdad puede esconderse a propósito, pero siempre que el SER aflore la VERDAD emerge. Y la VERDAD, sea del signo que sea, es imprescindible para el VIVIR y el CONVIVIR.

La maestra hizo una pausa, contempló el cielo unos segundos, sonrió complacida y añadió:

- Y para el morir.

Al cabo de unos días, encontraron el cuerpo inánime de la maestra al lado de la roca en la que impartía sus enseñanzas.

jueves, 9 de julio de 2015

La semilla



La primera vez que Mara Truth salió al mundo a difundir su palabra, no ganó dinero. Tampoco fue escuchada por mucha gente. Corrían tiempos difíciles, como todos los tiempos humanos, pues el progreso hace más fácil lo material pero nunca impide la natural insatisfacción de las personas que pertinazmente se empeñan en entrar en conflicto por cosas que no tienen tanta importancia. Eran los primeros años convulsos del tercer milenio cristiano.
En esos años a Mara le había tocado enfrentarse varias veces a la locura heredada de su familia paterna y finalmente a la muerte inesperada de su padre. Su engendrador, el semillero primigenio, el palo al que se había enfrentado toda su vida y que ahora solo sería un recuerdo espiritual. La tristeza de la pérdida acompañada por las nuevas incertidumbres del camino que de nuevo variaban la tendencia de su vocación, hacía que Mara se despertara cada día a la espera de una señal inequívoca que la guiara. Lo que Mara no sabía todavía y descubriría bastantes años más tarde es que tan importante es el descanso después de la iluminación como la propia iluminación en sí.
En aquel antro del casco antiguo donde desfilaban distintos jóvenes expresándose sin demasiado talento, esperaba sin ganas su turno para convencer a aquel público extraño que volvieran al día siguiente a escuchar su palabra. La programadora se dio cuenta de que Mara llevaba sentada en uno de los sofás laterales estoicamente más de hora y media para salir a decir tres o cuatro poemas. La propia Mara no sabía qué hacía allí. Solo esperaba. Mientras un larguirucho presentador intentaba encontrarle un atril, Mara ya en el escenario, inició el recitado con un poema rabioso en el que confesaba sus flaquezas contemporáneas. Luego dio paso a tres o cuatro breves chascarrillos que sabía que funcionaban por su ingenio y finalmente les dedicó a las chicas y a la parte femenina de los chicos las 'Últimas palabras de la madre de Mara Truth'. Las palabras fluían desde el corazón como invocación, no desde el papel, y mientras aquellos ojos múltiples la contemplaban desde la penumbra, algo se movía en su interior. Quizás esa interminable espera había tenido como cometido recuperar en solitario ese poema que otrora había compartido con sus compañeras.
Al día siguiente, con un repertorio que cubría de manera desigual los últimos tres años, realizó todo el viaje con la falsa pereza que es a veces la tristeza profunda. Ocho personas que acabaron siendo seis llegaron hasta el final, pero algo extraordinario se produjo en la lejanía donde los dioses reverberan los actos esenciales. Al fin Mara Truth se había atrevido a dar su palabra a la gente y esas seis personas la habían acompañado con la escucha ávida de camino. Bebió y comió gracias a la generosidad de la camarera de origen brasileño que tiempo atrás había sido monja carmelita durante once años, se produjo un círculo pequeño de gracia entre dos hombres y dos mujeres y luego conoció al hombre de la grieta. 
De regreso a casa con su compañera de viaje, en el trayecto del subterráneo metro, una pequeña satisfacción se había instalado en su pecho. Quizás su padre, al que jamás en vida le había dedicado nada, desde el otro lado, también había podido escuchar sus palabras.
En la sesión con su terapeuta, Mara Truth, reconoció la profunda tristeza que albergaba, su vocación de poner al servicio de una obra su talento, la rendición al momento que vivía y la aceptación de su vida tal como la estaba viviendo.

- Cuando era joven siempre me angustió pensar que si me moría de repente no me iba a dar tiempo a hacer todo lo que quería y sentía que podía hacer, ahora podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado – le confesó Mara a su terapeuta aquella mañana de miércoles, día de su natalicio.

- Repite eso – le pidió su terapeuta.

- Podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado.

Mara nunca supo en qué lugar abonó su semilla, pero su tallo sigue creciendo y nuevos campos siguen germinándose con aquella semilla hoy multiplicada.

(*) Foto de Josep Martí.

lunes, 1 de junio de 2015

Al pie de la cama, al pie de la vida



La maestra entendió que Mara debía, de nuevo, volver a vivir su vida humana.
A pesar de su profundo agotamiento, la siguió de lejos, pues los maestros saben que a los alumnos no se les abandona, sino que se les licencia.

Al pie de la cama de la maestra moribunda, muchos años después, tras una, otra vida de aprendizaje, Mara le preguntó a la maestra:

- Maestra, ¿por qué me dejaste ir?

La maestra cuya voz hacía días que se había ido, cerró los ojos y susurró:

- No tengas prisa, ya lo entenderás.

Pasados los lustros, Mara fue maestra de un sinfín de nuevos y nuevas niñas para el nuevo mundo. Una de ellas, la más inconformista y a la vez la más leal, le preguntó a la maestra en su lecho de muerte:

- Maestra, ¿volveré a encontrarte? Sin ti no sabré qué hacer.

Mara, con una sonrisa de ojos, miró a la joven y le dijo:

- Maestra, gracias por acompañarme siempre.



miércoles, 20 de mayo de 2015

Pedazos de un testamento tardío del padre de Mara



A según qué profundidades
las alarmas humanas
del vértigo del horror
de la transmutación
de la despersonalización
del despojarse del nombre
o el simple intercambio
de seres
no funcionan se apagan
como los luceros tristes
sin amanecer ni alba.

En esos territorios inhóspitos
plagados de fosas y huesos
del polvo pasado
despiertan los males y demonios
propios y ajenos
y es mejor vendarse los ojos
taponarse los oídos
y seguir adondesea
sin porvenir
como mula venciendo
el sentido del viento.
Solo ahí las nubes
regresan agrietadas
y nos vuelve a llover.
Agua de bautismo
nuevo renacer en la memoria
de nuestro antiguo
                                   nombre
con canciones de nueva
                                   esperanza
la que sacrificada
resurge y medra
en el óvulo todavía amargo
por haber apostado
hacia arriba en lugar
del fondo de un abrazo.

Salir aleatoriamente
de esos abismos
es lo único que se me viene
en estos consejos a deshoras
pues suerte azar y trabajo
deben unirse con voluntad
obcecación y fuerza.
Coraje del alma
para transitar traspasar
y erigirse como sí misma
antes después durante.

Lo demás solo la sombra
renovada en los alrededores
de próximos oasis
os revelará como fuimos
como pudimos ser
y como no nos queda más remedio
que ser siendo.



Paula Mocinho Novoa
Santa Coloma de Gnet, sábado 20.04.2013


martes, 24 de marzo de 2015

NUEVAS PALABRAS DE MARA TRUTH



He caminado con pies descalzos sobre la nieve
He vertido sangre entre parto y parto
He sido niño soldado y he matado y torturado y violado
He nacido niña prostituta niña esclava niña de porcelana niña amnésica niña niña niña
He advenido princesa anoréxica y reina sin escrúpulos
He caído rendida en las duchas nazis en los campos de algodón en las minas incas 
en los edificios bombardeados de Srebrenika en los gulags de Siberia
He guillotinado ideas ajenas he manipulado discursos he inventado coartadas
he reventado leyes he rehuido responsabilidades 
He robado sin remordimientos a pobres y a ricos a sabios y a ermitaños 
a maleantes y a ladrones
He dinamitado las buenas maneras
y he acarreado con los oscuros designios de las masas alteradas por la euforia
He pintado bodegones de tristeza
y he posado desnuda para las grandes miradas de todos los tiempos
He puesto veneno en tu boca y en tus venas y en tu lengua y en tu conciencia
y he escrito versos sagrados y profanos
He inmolado a mis hijos en atentados
y he llorado contra mis dolores y tus alegrías
He bailado danzas para el diablo
y he besado las costras de Jesús y he alabado la herencia de Cleopatra 
y los designios de Buda y el Tao del no hacer ha sido muchas cientos de veces mi destino
He resucitado de mis cenizas y he renacido de las tuyas
y he recordado cada una de mis heridas en el rincón donde nacen tus pesadillas
He visto caer héroes 
y enterrar las águilas de nuestras grandezas
He descrito venganzas futuras
y profetizado corazones agrietados
He amasado amor y odio y más amor
a partes desiguales
y he amamantado lobos hienas todo tipo de fieras
He despertado a la aurora de la venganza
con serpientes y dragones de bilis
He visto mi nariz recortada en el espejo
donde se idolatra lo desconocido
He convocado a los dioses y a las miserias
y reído hasta altas horas de la madrugada
todas tus debilidades
He profundizado en la compasión y en la indiferencia
y he sido actriz de inmejorables réplicas para el olvido

Campos fértiles ardieron
a mi paso
y civilizaciones imperecederas
me adoraron
rindiéndose a mi palabra
a mi luz a mi sombra a mi tiniebla
al perfil que me hace como tú
y me aleja del resto de la humanidad

La sed de mi música enarboló
estandartes de ejércitos invencibles
y maldijo generaciones
enteras de esperanza

He soñado un mundo nuevo
cuando extermines
la claridad de tu espíritu
y recojas la siembra de lo anunciado
en un amanecer distinto
He rezado también por el ser humano
cada vez que vendía su alma.

Me he bañado y ordeñado
en mis propios ríos de fe.

Hombres y mujeres
me vieron descender
sobre montañas cordilleras valles
penínsulas y océanos
sobre vientres de hambre
y semen estéril
sobre cerebros calcinados
y credos podridos
sobre lujurias desatadas
y calambres de renuncia.

Quise amaros y os amé.

Todavía os amo.

Pero lo habéis olvidado.

Por eso he vuelto.
Para el cambio.
Para el traspaso definitivo.
Para el nuevo mañana.

Ahora soy tú y tú eres yo.
Lleva mi vida a la vida.
En ella soy.
En ella estoy.
Nosotras.

Mara tú.
Mara yo.

Aquí y ahora.


Santa Coloma de Gnet, 11 enero de 2015. Barcelona, 24 de marzo de 2015.

(*) Fotografía de Mireia Plans
Viernes, 9 de noviembre de 2012
Teatre LA SALA . Mostra Novembre VACA


martes, 31 de diciembre de 2013

El templo


El maestro y el alumno caminaban por un bosque tupido de fauna y flora. Cuando estaba a punto de amanecer el octavo día de ayuno, díjole el alumno al maestro:

- Maestro, no creo que pueda llegar al templo. Apenas ha transcurrido una semana de viaje y mis pies chillan de dolor mientras las grietas resquebrajan la fe en mi alma. No soy digno de la divinidad. Me regreso.

El maestro miró al alumno, asintió y prosiguió hacia adelante.

Años después, el alumno se había convertido en un rico comerciante al que los negocios le sonreían y las mujeres aplaudían sus éxitos. El maestro, con su túnica simple y los pies descalzos, se cruzó en la plaza con el antiguo alumno. Loco de alegría al reconocer a su viejo maestro en aquel humilde vagabundo, el comerciante saltó de su carroza e hizo que lo acompañara a su lujosa casa.

- Veo que has prosperado económicamente – dijo el maestro.

- Y todo gracias a mi rendición, maestro. En la tercera jornada de regreso por el bosque, encontré un cofre con monedas de oro. Invertí las monedas de oro en mercancias y seda y aquí me tienes, rico y feliz.

El maestro miró alrededor y contempló la ostentación de lámparas, muebles, alfombras y estatuas. El brillo del lujo casi lo ciega.

- Tengo que irme, debo proseguir camino – advirtió el viejo maestro

- ¿Adónde vas?

- Al templo.

- Pero si el templo está en dirección contraria, maestro.

El viejo maestro sonrió al antiguo alumno y lo dejó cavilante al lado de la fuente de colores que hacía dos meses había mandado traer del Bajo Nilo, expresamente para conquistar los favores de una mujer.

Pasaron los años y el comerciante tuvo que hacer frente a épocas de crisis nefastas en las que se vio obligado a pedir dinero prestado que nunca pudo devolver. Arruinado y triste, vagaba por los caminos con una sucia bacinilla en la que tan pronto comía restos del suelo como hacía sus necesidades.

Un día de lluvia intensa, calado hasta los huesos, le atacaron unas fiebres altísimas. Durante siete días y siete noches, el antiguo alumno luchó contra la muerte. Al octavo día despertó con hambre y al abrir los ojos se encontró con la mirada de su viejo maestro que lo acogía.

- ¡Maestro! - exclamó agradecido. ¡Me has salvado!

El maestro le acercó un cuenco de agua fresca y el alumno bebió.

- Levántate, que nos espera una dura jornada. Hoy llegamos al templo.

Paula Mocinho Novoa
Barcelona, 31 de diciembre de 2013
Feliz 2014 - Happy New Year

sábado, 12 de octubre de 2013

Slabetzat, la princesa maya



Mi madre me peinaba cada mañana, nunca dejaba que lo hiciera Tzetsdotal.  Decía que la cabeza de una niña no puede dejarse en manos de una criada. Primero me metía los dedos en el pelo enmarañado y luego con un peine de dientes de coral estiraba mi cabello rubio. Antes de dejarme en manos del sacerdote Pretabordet, me susurraba al oído que siempre sería su hija estuviera donde estuviera. Que jamás podría romperse nuestra unión, como ella seguía unida a su madre.

Pretabordet por aquel entonces no tenía el poder que con los años llegaría a albergar, tras la muerte de mi padre. En aquella época de oscuridad y cielos turbios en los que la sequía abandonó la gracia de nuestros campos y las mujeres empezaron a parir niños muertos. Pero eso fue mucho tiempo después de que yo me fuera, mucho tiempo después de que el joven Pretabordet, iniciado a su vez por su abuelo en el arte de la interpretación divina, me preparara para el gran día. Y ya que tengo esta oportunidad, me gustaría recordarlo con cariño aunque ya no quede nadie que lo haga pues con el paso de los años se volvió intransigente, inflexible y tan férreamente dogmático que ni la pureza de toda la sangre que vertió en semanas y semanas de sacrificios a los dioses pudo calmar su alma torturada. Conmigo fue delicado, cuidadoso y me enseñó lo poco que sé de aquel mundo en el que viví y morí hasta mis trece años. Y me regaló también simples consignas para sobrevivir a los primeros impases de soledad en este mundo de luz y soledad en el que ahora me hallo.

En aquellos días, después de mis encuentros con Pretabordet y sus cánticos y rezos a la madre Luna, regresaba a la plaza pública bajo la atenta mirada de mi madre y todo el séquito de nodrizas, criadas y la guardia que nos protegían para jugar con las hijas de los lugartenientes de mi padre. A media mañana, cuando el sol brillaba con más fuerza, llegaba Tardovite y su hermano con la bandeja de frutas y se arrodillaban ante mí. Tardovite tenía una mirada negra y transparente que todavía ahora me acompaña en mis ratos de tristeza y añoranza. Conocí la historia de los dos hermanos a través de mi nodriza Tzetsdotal.

- Son los hijos del primer hombre que Pretabordet sacrificó a los dioses. Antes de segarle el cuello y dedicarle su sangre a los campos, le concedió un deseo. El hombre pidió vida para sus hijos. Pretabordet es un hombre de palabra.

- ¿Cómo se llamaba ese hombre, Tzetsdotal?

- Querida Slabetzat, los hombres que se sacrifican a los dioses no solo entregan su cuerpo, también entregan su nombre.

- Pero yo voy a ir al encuentro de los dioses pronto, ¿también tengo yo que entregar mi nombre?

Dos días antes de mi ofrenda, me despertó el llanto desconsolado de mi madre. Se parecía mucho a los llantos de las nodrizas cuando tenían hijos. Como si algo se rompiera por dentro. Me deslicé por el pasillo mientras Tzetsdotal dormía y me asomé al umbral para ver a mi madre. Arrodillada a los pies de mi padre, le arañaba las piernas con terror mientras no hacía más que repetir 'tu puedes ofrecer a otra, tú puedes ofrecer a otra'. Mi padre parecía una estatua. No se movía. Ni siquiera cuando de sus piernas empezó a brotar sangre.

Pretabordet vino a mi cámara, retiró las ropas y me tocó la mejilla. Abrí los ojos y me encontré con su sonrisa. 

- Ha llegado el día, querida Slabetzat.

Tzetsdotal y las otras mujeres me vistieron con las túnicas sagradas, me coronaron con las hojas de papaya y esparcieron unos granos de tierra entre mis cabellos, tal y como manda la tradición. Luego Pretabordet me dio la mano y salimos a la calle. Me impresionó ver a mi pueblo en completo silencio cediéndonos el paso hasta la pirámide central. Ascendimos las escaleras como había estado ensayando en los últimos meses, de espaldas a la cúpula. La ceremonia fue preciosa. Los cánticos que Pretabordet y el resto de sacerdotes dedicaron a los dioses el día de mi entrega despertaron los suspiros de toda la corte. De reojo pude ver cómo mi padre rozó el brazo de mi madre. Creo que se sentía orgulloso de la madurez que estaba demostrando frente a todo su pueblo. Cuando el sol estuvo allá en lo alto, mi padre y mi madre, como ordena la tradición, se levantaron y uno a cada lado me cogieron de la mano para seguir el paso de Pretabordet, que encabezaba la comitiva.

Del camino hacia el cenote solo recuerdo los pájaros trinando y los ojos de las iguanas inmóviles en el vacío. Siempre me han gustado mucho las iguanas. Mi madre me explicaba que de bien pequeña me escapaba de la vigilancia de Tzetsdotal y cuando me encontraban, acostumbraba a estar hablando con alguna de ellas. Al llegar al cenote, Pretabordet tomó la hoja sagrada, la partió en cuatro mitades y la repartió entre mis padres, él y por último, me introdujo el cuarto cachito debajo de la lengua. Antes de sentir el agua fría, recuerdo que aparecieron Tardovite y su hermano con todos mis juguetes y mi dote como consorte de los dioses. Pretabordet ordenó que lo introdujeran todo con cuidado en las aguas verde oscuro del cenote. Tardovite aprovechó el giro de la despedida para mirarme por última vez y vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla. Sé que antes de bajar a las profundidades del cenote y entrar en el túnel sagrado, les sonreí a mis padres, y no cerré los ojos, tal y como me había dicho Pretabordet que hiciera.

- Los dioses deben saber que lo haces con amor y porque quieres hacerlo, tu pueblo lo necesita y una princesa se debe a su pueblo.

La muerte de Pretabordet estuvo rodeada de misterio. Muchos lo odiaban. Con los años, la avaricia y el poder habían corroído todo lo bueno que una vez tuvo. Se acusó al sacerdote Hertzadotz de su asesinato, pero no fue él. Tardovite nunca le perdonó que me enviara a la muerte. Jamás entendió que Pretabordet no solo me ofrecía a los dioses en clara ofrenda por nuestro pueblo, sino que se aseguraba mi regreso a este mundo con un alma purificada. Ojalá algún día volvamos a encontrarnos, así tendremos la oportunidad que nunca tuvimos entonces.